¿Por qué la economía va bien… pero la gente siente que va mal?
En los últimos meses se ha instalado una paradoja difícil de ignorar. Los datos macroeconómicos apuntan a crecimiento, creación de empleo y una inflación más contenida, pero la percepción económica de una parte importante de la población sigue siendo negativa. Muchas personas sienten que la situación económica actual no mejora: el dinero rinde menos, el ahorro se complica y el futuro se percibe con incertidumbre. Esta brecha entre estadísticas y experiencia responde a factores económicos concretos que explican por qué la economía va bien pero la gente siente que va mal.
Datos macro positivos, impacto desigual
Desde un punto de vista agregado, el comportamiento de la economía ha sido relativamente sólido. El crecimiento económico se ha situado por encima de la media europea y el empleo ha alcanzado niveles elevados, mientras que la inflación general se ha moderado tras los fuertes repuntes de los años anteriores. Sin embargo, esta evolución no se ha traducido de forma automática en una mejora clara del bienestar. Los salarios han aumentado desde 2019 –en torno a un 20%, según la Encuesta de Coste Laboral del INE–, pero partían de niveles bajos en comparación con otros países europeos y, en muchos casos, ese avance ha sido absorbido por el encarecimiento del coste de la vida.
Sin embargo, el crecimiento no se percibe en el día a día porque no se reparte de forma homogénea. El PIB mide cuánto produce un país, no cómo se distribuye ese crecimiento ni cómo se traduce en ingresos reales por persona. A esto se suma el efecto acumulado de la inflación. Aunque ahora esté más contenida, los precios no han vuelto a niveles anteriores. El encarecimiento sostenido de bienes y servicios básicos ha erosionado el poder adquisitivo, muchas familias pagan más por lo mismo que hace unos años, aunque sus salarios hayan subido ligeramente.
Vivienda, precios esenciales y pérdida de poder adquisitivo
Si hay un factor que explica la desconexión entre datos y percepción, es la vivienda. El fuerte aumento de los precios del alquiler y de la compra ha absorbido una parte creciente de los ingresos, especialmente en áreas urbanas. Cuando vivienda, suministros y alimentación concentran el mayor esfuerzo económico, cualquier mejora salarial queda rápidamente neutralizada.
Esta presión sobre los gastos esenciales explica la sensación de pérdida de poder adquisitivo pese al crecimiento. No se trata solo de cuánto se gana, sino de cuánto queda disponible después de cubrir lo básico. En ese contexto, el mensaje de que “la economía va bien” choca con una realidad cotidiana marcada por presupuestos más ajustados y menor capacidad de ahorro.
Además, el impacto no es igual para todos. Jóvenes, familias con alquileres recientes o hogares con menor margen financiero sienten con más intensidad esta brecha, lo que refuerza una percepción económica negativa incluso en fases de expansión.
Economía real, expectativas y confianza del consumidor
Otra clave está en la diferencia entre economía real y economía financiera. Los indicadores macro y los mercados suelen reaccionar antes y con más rapidez que los salarios o las condiciones de vida. El crecimiento puede existir sin que su efecto llegue de inmediato a la economía doméstica.
A esto se suma el papel de las expectativas. La confianza del consumidor sigue siendo frágil tras años de crisis encadenadas: pandemia, inflación elevada e incertidumbre geopolítica. La memoria económica reciente pesa más que los datos actuales. Las personas comparan su situación con la de hace unos años y con lo que esperan del futuro; si esa comparación es negativa, la percepción también lo será.
Parte de esta brecha puede ser coyuntural, fruto del retraso con el que los salarios y las rentas reales reaccionan al crecimiento. Pero también hay elementos más estructurales –como la dificultad de acceso a la vivienda o el menor margen de ahorro– que hacen que la sensación de estancamiento persista incluso cuando la economía avanza.
Capacidad de compra, más que PIB
La economía puede crecer y, al mismo tiempo, generar malestar. No es una contradicción, sino una consecuencia de cómo se mide el crecimiento y de cómo se vive. Los datos macroeconómicos son necesarios para entender el rumbo de un país, pero no bastan para explicar la experiencia cotidiana de los hogares.
Entender esta brecha ayuda a explicar por qué la percepción económica sigue siendo negativa pese a los buenos indicadores. Y recuerda que el verdadero termómetro del progreso no está solo en el PIB, sino en el poder adquisitivo, la estabilidad y la capacidad real de no desistir en planificar el futuro con confianza.